General, Historia oculta — 12 diciembre, 2007 at 10:45 am

¿Eran los nazis, ecologistas?

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O, en otras palabras, nació el ecologismo del régimen nazi. Curiosísima esta información que abunda en un libro escrito por Adolf Hilter sobre la naturaleza y el buen trato a los animales. Al parecer, las primeras leyes de protección de la naturaleza fueron escritas por este maléfico dirigente.

Leed estas líneas de un capítulo de un libro que versa sobre el tema.

· EL NUEVO ORDEN ECOLÓGICO
de Luc Ferry

Capítulo: La ecología nazi: las legislaciones de noviembre de 1933, julio de 1934 y junio de 1935

«Im neuen Reich darf es keine Tierquálerei mehr geben» «(En el nuevo Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales»). Sacadas de un discurso de Adolfo Hitler, estas simpáticas declaraciones inspiran la imponente ley del 24 de noviembre de 1933 sobre la Protección de los animales (Tierscchutzgesetz). Según Giese y Khler, los dos consejeros técnicos del Ministerio del Interior encargados de la redacción del texto legislativo, de lo que se trataba era de trasladar por fin este mensaje del Führer a la realidad concreta -una tarea imposible, al parecer, antes de la llegada al poder del nacionalsocialismo-. Eso es por lo menos lo que explican en la obra que publican en 1939 bajo el título: El derecho alemán de la protección de los animales.(1) En sus trescientas páginas de apretada escritura se encuentran reagrupadas todas las disposiciones jurídicas relativas a la nueva legislación, así como una introducción que expone los motivos «filosóficos» y políticos de un proyecto cuya amplitud, en efecto, no tenía entonces parangón. Muy pronto quedarán completadas, el 3 de julio de 1934, con una ley que limita la caza (Das Reichsjagdgesetz), y más adelante, el 1 de julio de 1935, con ese monumento de la ecología moderna que es la Ley sobre la Protección de la Naturaleza (Reichsnaturschutzgesetz). Fruto las tres de un encargo de Hitler, que hacía de ello un asunto personal, aun cuando correspondían también a los deseos de numerosas y poderosas asociaciones ecológicas de la época (2), llevan, además de la del canciller, las firmas de los principales ministros afectados: Göring, Gürtner, Darré, Frick y Rust.

Un hecho sorprendente: aun siendo estas tres leyes las primeras del mundo que tratan de compaginar un proyecto ecológico de envergadura con el afán de una intervención política real, no se encuentra el menor rastro de ellas en la literatura actual dedicada al entorno (salvo contadas alusiones esgrimidas por los adversarios de los Verdes, bastante vagas por basarse en referencias de segunda mano). Se trata sin embargo de una serie de textos muy elaborados, absolutamente significativos de una interpretación neoconservadora de lo que más adelante se llamará «ecología profunda». Resulta necesario, por ello, analizarlos.
Empecemos por precisar el objetivo. Se ha destacado con frecuencia unos paralelismos preocupantes entre el amor del terruño que impulsa una determinada ecología fundamental y los temas fascistizantes de los años treinta. Hemos podido calibrar, en los capítulos anteriores, en qué medida estos acercamientos podían a veces estar justificados. Pero también hay que desconfiar de la demagogia que recurre al sacrosanto horror que inspira el nazismo para descalificar a priori cualquier preocupación ecológica. La presencia de un auténtico interés por la ecología en el seno del movimientos nacionalsocialista no constituye, en mi opinión, una objeción pertinente a la hora de hacer un examen crítico de la ecología contemporánea. Así las cosas, habría que denunciar como fascista la construcción de autopistas -es sabido que constituyó una de las prioridades del régimen nazi-. En este caso, como en ninguno, la práctica genealógica de la sospecha no es de recibo.
(…)

El amor hacia la naturaleza, tal y como la ecología profunda nos invita a practicarlo, va acompañado, tanto entre los «reaccionarios» como entre los «progresistas», de una cierta propensión a lamentar todo lo que en la cultura resulta de lo que aquí he llamado «el desarraigo» (pero que también cabe designar de forma peyorativa como «erradicación») y que desde siempre la tradición de la Ilustración ha considerado como el signo de lo propiamente humano. Todos los pensamientos que hacen que el hombre sea un ser de transcendencia, trátese del judaísmo o del criticismo posthegeliano, por ejemplo, (3) como asimismo del republicanismo francés, lo definen también como el ser de anti naturaleza por antonomasia. No es sorprendente, en estas condiciones, que el hitleriano saque el revólver cuando oye la palabra cultura, pues en realidad es para disparar sobre el apátrida, sobre el que no está arraigado en una comunidad. Como tampoco sorprende que lo haga conservando intacto su amor por el gato o por el perro que animan su vida doméstica. A este propósito, las tesis filosóficas que dejan entrever las legislaciones nazis solapan a menudo las que desarrollará la deep ecology, y ello por una razón que no debería subestimarse: en ambos casos, nos encontramos ante una misma representación romántica y/o sentimental de las relaciones de la naturaleza y la cultura, unida a una revalorización común del estado salvaje en contra del de la (pretendida) civilización. Como machaconamente no ha parado de insistir el biólogo Walther Schoenichen, uno de los principales teóricos nazis de la protección del medio ambiente, las legislaciones de 1933-1935 constituyen la culminación del movimiento romántico, «la ilustración perfecta de la idea popular del romanticismo» (die Darstellung del völkischromantischen Idee). (4). Resulta significativo que, pese a su aversión por Estados Unidos, esa patria del liberalismo y de la plutocracia -una repugnancia que se conserva intacta entre muchos jóvenes ecologistas alemanes-, reconozca un vínculo de parentesco entre el amor del «Wilderness» y el «des Wilden».- en ambos casos, a través de unas palabras que ponen de manifiesto un hermoso origen común para designar el «salvajismo», lo que se expresa es una determinada voluntad de recuperar la perdida virginidad natural. Y Schoenichen acoge como un acontecimiento decisivo para el establecimiento de una relación correcta con la naturaleza la creación, a mediados del siglo pasado, de los «Parques nacionales» americanos. Destaca, con absoluta seriedad, que la propia expresión en sí constituye un feliz hallazgo, puesto que comporta por lo menos una palabra que va en la buena dirección… (5)

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