Opinión y Noticias Externas — 23 abril, 2015 at 8:43 am

¿Qué fue el Movimiento New Age?: una revisión histórica

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Dos años después del 21 de diciembre del 2012 que marcó la defunción del movimiento «New Age», va siendo hora de hacer Historia, porque Historia es ya ese extraño movimiento espiritual descentralizado y variopinto que confundió el Yo con el Mal, se dijo espiritual sin creer en Dios y que, pretendiendo no ser egocéntrico, cada uno se creía Dios.
¿Cómo fue posible que tanta gente pudieran llegar a descreer de la Verdad y que confundieran el discernimiento del Bien del Mal con el mal del «juzgar» (queriendo decir «prejuzgar»)?
Sin duda, tal acumulación de despropósitos solo se pudo dar en la época del 11-S, del pánico televisado y el trauma generalizado por no poder tomar el tren del futuro, de las nuevas tecnologías. Había que agarrarse a algo, a cualquier cosa, a cualquier frasecita recurrente, cualquier «meme» que nos librara de este pánico del fin de siglo y comienzo del siguiente.
Para empezar, el movimiento New Age fue una respuesta a la debacle inexorable de las fraudulentas religiones. El natural anhelo del espíritu nos llevó a bucear en todas las tradiciones espirituales del Planeta (y en la física cuántica) para encontrar una respuesta a nuestras preguntas. De alguna manera, fue la consecuencia del vacío espiritual dejado por las religiones.
Una búsqueda loable. Y que trajo toneladas de útiles y profundos conocimientos sobre el cosmos y nuestra psique: no vayamos ahora a cometer el error, nuevamente, de tirar otra vez «el bebé con el agua sucia de la bañera». Se trata de separar lo que vale de lo que no.
El problema residió en que ese mar dejó la puerta abierta a muchos magos negros que acudieron con supuestos remedios milagrosos para problemas individuales cuando la realidad era que sólo en el colectivo se podían arreglar esos problemas.
Si a eso añadimos la aparición de unos cuantos memes simplificadores y retorcedores de la verdad («Todos somos maestros», «todo es relativo, incluso la verdad», «todo está en la mente», etc), esas pequeñas ideas se incrustaron en muchas personas a la manera de conjuros con los que analizaban la compleja realidad de una manera FANÁTICA. Pues en eso consiste el fanatismo: en engancharse irracionalmente a una frasecita para analizar una realidad que es, por definición, cambiante.
La regla de oro para detectar a un fanático es su incapacidad para debatir y que sólo te contesta con esa frasecita que le permite combatir a ese enemigo imaginario (la mente, la «dualidad», la derecha, la izquierda, el patriarcado, la unión de las razas, etc) con el que se siente seguro porque le hace sentir que está haciendo «el bien» (aunque no crea en el bien, paradójicamente). En eso consiste, precisamente, el mal de la «dualidad»; en ir en contra de algo por sistema, no a favor de los valores sino que uno sabe lo que tiene que decir por negación de su opuesto.
En el colmo de su locura, los fanáticos New Age llegaron a argumentar que la Verdad es «dual» porque se enfrenta a la mentira; un argumento tan absurdo que -fijaos por dónde- imposibilita a quien lo esgrime de ¡defender lo que está diciendo! Si alguien no cree en la Verdad, ¿cómo puede AFIRMAR que la Verdad tiene en sí el MAL de la dualidad? (Porque tampoco creyeron en el bien y el mal, te recuerdo).
La Realidad (y esto es un argumento para acabar de una vez por todas con este peligrosísimo meme que ha amparado la corrupción de la sociedad) es que la Verdad existe sin necesidad de la mentira. Una persona que dice la Verdad no necesita que haya mentirosos, la verdad seguirá siendo la verdad, haya mentirosos o no. En cambio, la persona de izquierdas necesita que haya derechistas para ser «el bueno», porque obviamente ser de izquierdas «es bueno» porque los derechistas son malos, y viceversa: una persona de derechas se cree bueno porque combate el mal, que son los de izquierdas. ¿Qué sería de los «Antifascistas» si no hubiera «fascistas»? ¡No serían nada!
Es fundamental que esta sencilla argumentación permee todas las capas de la población porque, precisamente, el obstáculo para nuestra liberación es la falta de unidad por culpa de estas etiquetas que no son más que eufemismos para hablar del Bien y del Mal.
En el momento en que nos dejemos de tonterías y volvamos a hablar del Bien y del Mal, la gente dejará de votar a los partidos tradicionales.
En definitiva: no es cuestión de hacer las cosas AL REVÉS de cómo sabemos que están mal sino de hacerlas BIEN, que son dos cosas que en demasiadas ocasiones no coinciden.

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