De manera completamente inusual para esta página de filtraciones militares sobre detenciones extrajudiciales de elementos del Deep State, Real Raw News ha dedicado un extensísimo artículo a las famosas med-beds, camas médicas.
Y lo ha hecho, nada más y nada menos, que para describir el momento en el que Donald Trump atiende un programa de rejuvenecimiento en las camas cuánticas, para acabar descubriéndose que… ¡en realidad no era el verdadero Donald Trump!
¡Too much, verdad?
En el primer párrafo se nos explica que la razón por la que Donald Trump está tan activo pese a superar los 80 años es que ha pasado por estas camas, en el hospital militar Walter Reed.
En el segundo párrafo se detallan las características de las camas médicas, asegurando el redactor de la noticia que él personalmente no ha visto ninguna pero el técnico que ha reparado una de ellas es real y han validado su curriculum. Le llamará por el sobrenombre de «Jake».
Jake no es funcionario pero ha trabajado para la empresa Booze Allen Hamilton, una contrata del ejército que ofrece servicios de ingeniería, ciberseguridad y transformación digital en las áreas de inteligencia, defensa y agencias civiles. El 4 de octubre 2025 le ofrecen un trabajo para reparar un Escáner de Resonancia Magnética en el hospital militar Walter Reed y sus ojos hacen «chirivitas» cuando se entera del pastizal que le van a pagar por lo que estima un día de trabajo: ¡6.500 dólares! Eso sí, anexa a la oferta de trabajo, aparece en su correo electrónico una cláusula de confidencialidad (NDA) durísima.
Antes de decir que sí, pide más explicación sobre el trabajo, inquiriendo la marca de la máquina (¿Philips, General Electric, Siemens?) y si ya la habían intentado reparar antes: le contestan evasivamente. Como estaba intrigado y al mismo tiempo le satisfacía la oferta, contesta afirmativamente a la oferta de trabajo.
Cuando aparece en Walter Reed el día 8 de octubre le esperan dos hombres de traje y una mujer de Recursos Humanos. La mujer le recuerda la confidencialidad del trabajo, antes de coducirle a una habitación luminosa donde hay una «tabla de acero» sobre la que se encontraba una serie de imanes superconductores «inertes» que, en una resonancia magnética, alinean los protones del cuerpo humano para permitir que las señales de radio generen una imagen de los tejidos blandos. Según cuenta RRN, «Jake nos dijo que los imanes tenían una forma irregular, eran octogonales en lugar de cuadrados».
Jake afirma que nunca había visto nada semejante, y eso que conoce los equipos de todas las marcas. Le cuentan que se han desmagnetizado, algo que no suele suceder en décadas «Y eso que la máquina se había ensamblado en 2020». Jake pregunta dónde están los imanes buenos y la mujer de Recursos Humanos, llamada Karen Moncada, le responde que antes de ver la máquina tiene que asegurarle que puede repararla. Le contesta que sí y Moncada le recuerda la confidencialidad del trabajo.
Acto seguido le llevan a través de un pasillo estrecho a otra habitación cuya puerta pone «Diagnósticos Especiales»; para entrar debe pasar por identificación biométrica, retina y huella dactilar. Sólo Moncada está autorizada para abrir esa puerta. Lo que se encuentra es una máquina como nunca había visto. «La cuna, con forma de cápsula y de unos dos metros y medio de largo, tenía una tapa con bisagras, y su interior estaba revestido con lo que a Jake le parecieron, en un primer momento, tubos fluorescentes».
«No era una resonancia magnética, ni abierta ni cerrada», dijo Jake. «No hay una camilla deslizante que te lleve hasta el centro del escáner. En esto… te metías dentro, te tumbabas boca arriba en una camilla acolchada y la cubierta, o el dosel, se cerraba a tu alrededor, dejándote encerrado dentro». Kristen Moncada —me entregó seis páginas grapadas—, obviamente copias extraídas de un manual técnico—, en las que se detallaba cómo sustituir los imanes de un compartimento lateral. Me preguntó, casi con hostilidad: «¿Puedes arreglarlo o no?». Y le digo, por curiosidad, que me ayudaría tener el manual completo y no solo las páginas 64-69. Ella niega con la cabeza, diciéndome que no, que todo lo que necesito para completar el trabajo son las páginas que me ha dado. Y tiene razón. Alguien ya había retirado los imanes «desmagnetizados», y lo único que tenía que hacer era instalar unos nuevos. Intento ocultar mi nerviosismo porque no tengo ni idea de lo que estoy viendo, pero estoy cualificado para leer esquemas y sé que puedo hacer lo que me piden; de hecho, un estudiante de primer curso de ingeniería podría hacerlo. Le digo: ·Claro, no hay problema», y extiendo el brazo, con la palma hacia arriba, y digo: «El móvil. Te lo devolveré cuando hayas terminado el trabajo».
Jake entregó su teléfono y se puso a desastornillar el panel, encontrándose una matrícula correspondiente a la máquina que ponía: “Bio Healing Bed” “2010929351B1.”
Jake terminó su trabajo en menos de 6 horas y vio que ya había recibido el pago en su cuenta bancaria. No pudo reprimir su curiosidad y preguntó qué era esa máquina. Moncada le preguntó si había oído hablar de las camas médicas. «Bueno, pues ésta es una. Disuelve tumores, puede revertir la insuficiencia renal o hepática, curar lesiones cerebrales, retrasar la demencia y el Alzheimer, curar diversos tipos de cáncer, tratar la degeneración macular… lo que se te ocurra. «Estoy bromeando, claro, solo es un prototipo de escáner de imágenes». Mi carrera se basa en la ciencia y la ingeniería. Nunca he creído en la pseudociencia. Pero capté su lenguaje corporal; hablaba en serio. Luego me dice que no puedo irme todavía —que no me vaya a casa— hasta que estén seguros de que la resonancia magnética funciona», dijo Jake.
Le consiguen una habitación de un hotel y por la mañana le cuentan que uno de los imanes tiene que ser realineado inmediatamente: le dicen que el problema debe estar resuelto antes de las 10:30. Cuando llega allí se da cuenta de que ha colocado mal dos de las placas magnética, error que atribuye al cansancio y la presión de la gente que le estaba mirando. Lo resuelve en tres horas y mientras sale de la habitación de la cama médica y espera el ascensor, se abren las puertas aparecen cuatro hombres en traje negro protegiendo a un hombre que se parece al presidente Trump pero más bajito: aproximadamente 1,77 metros. Jake recuerda que él mide 1,93 y Donald Trump 1,90. En lo demás era exactamente igual, excepto «por las manchas que le cubrían toda la cara, los moratones en las manos y lo que yo llamaría ojos hundidos».
Jake se marchó del lugar porque no se quería meter en líos.



